Paso noches anestesiando recuerdos que ni con la mayor cantidad de droga se pueden ir de mi estúpida cabeza.
Conozco a gente que me recuerda tanto a mí que me dan ganas de llorar y vomitar, no es pena, es asco y compasión por saber que hay una mínima parte de ellas con las que me puedo identificar.
Pensé que ya todo estaba olvidado, que nunca encontraría otra vez esta sensación dentro del cuerpo que me hacía creer cada día que no valía nada, que era insignificante, pensé que había salido de ese túnel, de esa espiral en la que siempre se acaba convirtiendo mi existencia.
No hay tiempo para el optimismo, no hay tiempo para la realidad, solo hay tiempo para desaparecer y querer esconderme una vez más bajo las sombras de un mundo virtual, que por lo menos me hace tener un escudo más que visible, el dolor no llega igual de cara al mundo que de cara a una pantalla.
No quiero ver el sol, me hace daño en los ojos y me recuerda que en el exterior hay humanos con los mismos sentimientos que yo recuerdo día tras día, humanos insignificantes que se dejan llevar por la esclavitud moderna y que dejaron atrás las verdaderas cualidades.
Todo me recuerda a aquel momento en el que decidí huir de mi misma, desaparecer de la vida de la persona que más me importó, todo llega a un absurdo final en el que las risas se han enmudecido y los grito y llantos suenan cada vez más bajo esta máscara risueña clavada en mi cabeza.